Posiblemente, cuando a mi hermana (la tía carla, para ustedes) le arreglen, al fin, la compu y vuelva a acceder a Internet, se sentirá un poco decepcionada al leer el post anterior, en el que confieso que me costaba conectarme con la imagen 4D de mi bebé intrauterino, pues una de las tantas sorpresas que preparó para mi fiesta de boda fue regalarme una almohadita con la cara de Abel impresa.
Pero no sé si es que ya me acostumbré a verlo, si mi personalidad contradictoria está más contradictoria que nunca o si se debió al contexto en el que la almohadita me fue entregada (luego de leerme una carta en nombre de mi hijo, y con “Vos sabés” de Vicentitico, de fondo, que ese momento fue sin duda uno de los momentos más especiales y emotivos de mi fiesta.
Y eso que hubo muchos. Demasiados. Más de los que puede resistir un corazón sano.
Si no lean:
A las 22.10, según lo acordado, mi papá y mi hermano pasaron a buscarme , y con ellos llegaba la primera sorpresa: un auto hermoso, envuelto en un moño gigante. Jamás lo había imaginado. Ni siquiera lo había fantaseado. Es más, cuando el día anterior, mi papá me dijo , con obviedad, que manejaría mi hermano, y que él viajaría atrás conmigo, me extrañé. Para mí, que pasara a buscarme era un tema de comodidad, no de “espectacularidad”, como finalmente fue.
Durante las cuatro cuadras que separaban mi casa del club, mi papá me dijo en varias ocasiones que estaba muy linda. Si les parece natural es porque no conocen a mi papá. Él es de los que no regala (ni alquila, ni vende) elogios. Incluso momentos antes le había confesado a mi amiga Cecilia, que ayudó a vestirme, el miedo a que mi papá me criticara el maquillaje (nunca le gustó que me maquillara), y mi mamá, al llegar, la postura encorvada. Con esa frase, pequeña en palabras y potente en sentido, desterró mi primer temor. Y me sentì, no solo linda, sino cuidada.
Luego, las fotos de rigor, y la entrada…
Pensar que cuando con Gustavo empezamos a esbozar lo que sería nuestra fiesta, habíamos decidido que no hubiera entrada, y que esperara a los invitados adentro. “El lugar no da” habíamos pensando. También habíamos pensado que “no daba” vestirme de novia. Pero cuando la modista me presentó los distintos retazos de telas (bambula, algodón, y similar) acorde a la descripción que le había hecho del atuendo que querìa: “algo sencillo, un vestido que pueda volver a usarlo una tarde cualquiera”, no me gustó ninguno. Por allí, arriba de la mesa, había un retazo de tela que no estaba destinada a mí. La señalé y dije “algo asi quiero”, y arriba quiero que le pongas algo “asá” (le mostré en una revista).
-¿De piur? – se sorprendio.
-Eso.
-¡Pero esa tela, en ese modelo, de ese color y con ese bordado en el escote es un vestido de novia!
-¿Sí?
-Sí.
-¿Y queda mal una novia embarazada?
Cuando le comenté a Gustavo, me dijo que entonces tenía que entrar con mi papá, que no podia recibir a los invitados “disfrazada” de novia. Confieso, que allí estuve a punto de desistir, hasta que aclaró que era un chiste, que iba a estar hermosa y le encantaba la idea.
-Entonces, yo tengo que estar de traje.
-Pero le dije a los invitados que era sin traje. Van a creer que quería que te destacaras.
-Soy el novio, puedo darme ese lujo.
_Aia
-¿Qué pasa, cosis?
-Hay que elegir música para entrar.
Durante días, ésa fue mi gran (nueva) preocupación… Hasta que Gustavo me preguntó si lo dejaba elegirla a él y que fuera sorpresa. Le pregunté cómo se podia sorprender con musica a alguien que no escucha música pero él insitió que confiara en él. Solo le pedì que fuera en castellano.
-¿Esto es Mejicano, no? -Le pregunté a mi papá mientas caminábamos por un pasillo, adornado con ficus y moños de tul (segunda sorpresa de la noche, autoría de Carla Valls).
-Parece…
Puse un pie en el salòn… y veo a un grupo de Mariachis cantando para mí.
No saben lo que fue ese momento. Y yo tampoco sé. Estoy esperando ver algunos de los videos para rememorarlo. Se me nubló todo. La vista, los oidos, la razón… Fui pura emoción.
Me encantan los Mariachis.
Hace poco dias le dije a Gustavo que si pudiéramos poner un show en la fiesta elegiria Marichis… Pero no podemos ¿no?
Y él pudo.
El es asì. Ya les dije una vez, complaciente. Hermoso.
Hubo cinco musicos cantando para mí.
Esa fue la tercera sorpresa de la noche.
A pesar de la vista nublaba, pude ver cómo se desvanecìa otro de los temores que me había abrumado en los ùltimos días: mi fiesta tenía asistencia casi perfecta. A pesar de que no podía distinguirlos (hasta el momento sólo eran una masa amorfa), pude deducir que eran muchos, casi todos, que la gente había sido puntal, que nadie se había olvidado del evento, y que no me casé sola, frente al juez, los testigos, mis padres y mis suegros, como unicos espectadores.
El juez no era sorpresa. Lo había contratado especialmente para la ocasión. Lo sorpresivo fue que a la hora de decirle unas palabras ”al novio”, no dije ni una sola palabra, ni siquiera el concepto, de lo que había ensayado mil veces mentalmente. Le dije espontaneamente, que era el amor de mi vida y que era hermoso casarse con el amor de la vida y con el convencimiento de que era la persona adecuada para mi, y èl me dijo que, a pesar de haber hecho las cosas un poco desordenadas (primero concebido un hijo, luego convivencia, y finalmente casamiento) lo único que no tenia desordenado eran sus sentimientos.
“Te amo, cosita” -pronunció. Y yo mori de amor.
Luego, el sí, el intercambio de alianzas, la entrega de libreta roja, los aplausos, la serpentina sobre los novios, y un nuevo temor se desvanecía: todo habia salido bien, es decir, Gustavo no habia desistido, ni confundido mi nombre, ni nadie habìa interrumpidó la ceremonia. Afortunadamente, ninguna de mis fantasìas novelezcas se habìan cumplido…
A la hora de los saludos, pude constatar que efectivamente, mi fiesta tenia asistencia cuasi perfecta. Habia logrado reunir a las personas más queridas. Y Gustavo a las suyas
Luego, dos sorpresas más, que sabìa que tendría, pero no cómo serían. Los centros de mesas y los souvenir, regalos –otra vez- de Carla. Hermosos, a juzgar no solo por mi sino por la gente que se peleaba por llevárselos a la casa.
Al sentarme a comer el primer plato, le pregunté a Gustavo, como seguía todo.
-Tranquila, la fiesta la hace la gente. -dijo.
Y la gente estuvo o se la vio o la vi yo desde mi lugar, muy bien. La primera tanda de baile tiraba por la borda otro de mis –ya incontables- temores. Bailaron. Pocos se quedaron en la silla. Se percibía diversión. Y en la última tanda, tambièn llegó el (bienentendido) desconcotrol.
-¡Sabes por qué pasa esto, no, cosis?
-¿Por el cotillon? –intenté adivinar inocentemente.
-No, es el efecto Fernet.
Habíamos tenido un intercambio de ideas al respecto. Yo temía (para variar) que el Fernet emoborrachara mal a los invitados, él me aseguró que los emborracharía bien.
Ganó el.
De todos modos, yo insisto que el cotillòn ayudó, tal vez porque fue parte de la ùltima sorpresa y a mi me generó ganas de bailar de la alegría. No iba a haber. Pero mi hermana mi hermano y mis dos amigas, Cecilia y Karina, se aliaron para que a mi fiesta no le faltara nada.
Y así fue.
En nuestro segundo dia de Luna de Miel, Gustavo y yo seguimos excitados, y no podemos dejar de hablar de la hermosísima fiesta que tuvimos.
Una vez mas el pensamiento magico no funciono conmigo. No se cumplieron ninguno de mis temores.
Y ni Julián Weich, con todo su equipo de producción, hubiera podido sorprenderme mas veces y mejor.
Fue la noche más hermosa de mi vida.
Gracias a todos los que fueron parte y a los que hicieron fuerza para que fuera lo que fue.