Luego de los trámites de admisión, fui a la habitación donde me hicieron un extenso monitoreo. Mientras escuchaba los latidos de mi bebé, pensaba en la cirugía que estaban a punto de hacerme. Hasta entonces, no me había preocupado demasiado por ello, pero dada la proximidad del acontecimiento, el temor se impuso. A mi hermana (la tía Carla) la anestesia le había “agarrado” demasiado y se había adormecido durante la cirugía. A una amiga y comentarista del blog, le había “tomado“ poco y había sentido el corte en el abdomen. Yo rogaba por un término intermedio. No quería sufrir, claro está, pero mucho menos quería perderme el “momento más importante de mi vida”. Una vez más, fui complacida. Pude “asistir” al nacimiento de mi bebé, sin sufrir ninguna molestia, salvo el vértigo que me generaba no sentir las piernas. Es feito. Estudiando esa sensación me distraje varias veces durante del tiempo en que duró la cirugía.
Fiel a mi estilo, hice muchas preguntas.
-¿Y usted quién es?
-Soy la obstetra de guardia y estoy asistiendo a tu doctor (mi obstetra).
-¿Y no hay instrumentadora?
-Soy yo. ¿Por?
-Por saber.
-Y yo soy tu anestesista.
-¿Para ser anestesista hay que ser médico?
-Ah bueno –se ofendió el señor que sí era médico.
-¿Estás nerviosa? –alguien me interrogó.
-No, es que soy curiosa.
-Pregunta para después escracharnos en alguna telenovela –intervino mi obstetra.
-¿Escribis telenovelas? –empezaron a preguntar ellos.
-¿Conocidas?
-Entonces mirá bien. Me da una bronca cuando veo una operación en la tele y ponen cualquier cosa.
-¿Y ahora qué escribis?
-No la hagan hablar que después va a sentirse mal –los retó mi médico.
Y se pudieron a hablar entre ellos.
-¿Gustavo está viendo? –no pude callarme.
- No, tu marido se mandó a mudar -bromearon.
Por algún comentario me di cuenta de que la cosa estaba avanzada
-¡¡¿Cómo?!! ¿Ya cortaron? No sentí nada.
-Es que los anestesistas estudiamos mucho para que no te duele –disparó el anestesista que no me perdonaba mi ignorancia – Ah, y en minutos nace tu bebé.
-Ayudame- reclamó mi obstetra- Esta muy pegado.
-¿Qué cosa?
El anestesista se lanzó sobre mi cuerpo y presionó de mi pecho hacia abajo.
Luego, levantó el telón. Okey, no era un telón, pero lo parecía, era una sábana que me impedía ver lo que pasaba de mi cintura para abajo.
Y en ese instante, 16.06 del 10 de febrero de 2009 nació Abel.
Lloré como las parturientas en las propagandas de pañales.
No hay manera castellana de describir ese momento.
No sé. No me sale. No encuentro cómo.
Quiero soñar con esa imagen. Si antes de morir, puedo exigir un deseo, voy a pedir revivir ese momento.
Fue perfecto. Y mas.
Fue maravilloso. Y mas.
Fue conmovedor. Y mucho mas.
El neonatólogo puso a mi bebé en mi hombro, unos pocos instantes. Yo no paraba de repetir que era hermoso.
-¿Es tu primer bebé?
-Sí.
-Se nota.
(¿Por qué? ¿Con el segundo no te emocionás?)
Pregunté si estaba todo bien, y me dijeron que se lo veía perfecto.
-¿Y ahora qué falta?
Faltaba bastante. Tardaron en cerrar mi panza casi el triple que en abrir. El quirófano se iba desocupando de a poco. Parecía una carrera de postas. Cuando cada cual terminaba su tarea se retiraba… en medio de eso, entró Gustavo con el bebé cambiadito, y la noticia de que estaba perfecto.
-Ella es mamá -no dejaba de repetirle a Abel- Ella es tu mamá.
Y yo volví a llorar. Me conmovió tanto que hoy, cuando le doy la teta, yo misma le repito… “yo soy tu mamá, soy tu mamá”.
La prensentación fue breve. No querían que el bebé perdiera tempertatura y se lo volvieron a llevar.
En un momento, me quedé sola, con la emoción a flor de piel y el vértigo por no sentir las piernas. Cada tanto, algún profesional entraba y salía.
-¿Qué falta?
-El camillero. El del piso está de vacaciones y no logramos dar con otro.
Una hora por reloj estuve esperando al bendito camillero.
-¿No me puede llevar otra persona?
-Noooo. El camillero es el que sabe manejar la camilla.
-Pero… ¿los demás operan, sacan chicos y no pueden manejar una camilla? Pídale a mi marido o a mi papá, ellos seguro saben.
La partera se rió y se fue.
-¡¡Estoy hablando en serio!! ¡¡Señoraaaa. Marinaaaa!!
En el pasillo, me esperaba la familia, que lo único que me decían es que no hablara porque sino no iba a poder dormir.
-Ahora sí te conozco íntimamente -me susurró Gustavo al oído- ¡No sabés que lindo hígado tenés, mamita!
Una hora esperando al camillero, más otra hora en el cuarto, ya se habían cumplido las dos horas que me habían dicho en el curso de preparto que les llevaría revisar a Abel. Finalmente, después de preguntar reiteradas veces a uno y a otro, una enfermera me “chusmeó” que mi bebé tenía un problema respiratorio y se iba a quedar en cuidados intensivos.
“Problemas respiratorios” “Cuidados intensivos”. Dos frases demasiado impactantes para estar hablando de mi bebé. De Abel.
Otra vez llore y esta vez no fue de emoción.
Los días en cuidados intensivos fueron 4.
La primera noche me sentí desolada, sin bebé en la panza, ni en la habitación. Dolorida.
-No siento que fui mamá -repetí varias veces.
Gustavo fue a ver a Abel y volvió con la noticia de que apenas me sintiera mejor, yo también podria ir las veces que quisiera. No necesité escuchar más para que me olvidara del dolor de mi abdomen.
Abel estaba en incubadora, tenia una campaña de oxigeno y suero. Así y todo no desesperé. Mi bebé estaba bien. Lo sabía. Lo sentía. Lo sentí todo el tiempo. La segunda vez fui sola. Ya respiraba sin ayuda. En problema respiratorio estaba superado, pero aún había que descartar que se haya producido por una infección, así que debía permanecer ahí.
La enfermera me preguntó si quería sostenerlo. Apenas lo tomé en brazos, Abel buscó mi pecho y como un pescadito abría y cerraba la boca en busca de alimento.
-¿Lo vas a amamantar?
-¿Puedo?
-Claro, y si asimila bien, le vamos a poder sacar el suero pronto.
-Es que no tengo leche…
Sin pedir permiso, la nurse me bajo el bretel. Apretujó la teta y al ver dos gotitas transparentes que salieron me dijo:
-¿Y eso qué es?
Me senté, y la enfermera me ayudó a colocar Abel en mi pecho.
No sé si fue el calor que hacia ahí adentro, la emoción o algo físico, pero empezó a bajarme la presión. Sentía que iba a desmayarme. Me dio mucha vergüenza, de pronto, imaginé a la enfermera llamando a un juez para que me quitara la tenencia de mi propio hijo por no estar preparada para la crianza, así que saqué fuerzas quien sabe de donde, pisé fuerte contra el piso, lo sostuve con una firmeza que no sabia que tenia, y mientras Abel succionaba como un experto, volví a llorar… Ni de emoción, ni de dolor. De F E L I C I D A D.
La tercera vez que fui de visita a “cuidados intensivos”, me ofrecieron cambiarle los pañales. Eso ya no resultó tan sencillo. Se hizo pis apenas abrí el pañal sucio. Creí que habría tragado y llamé desesperada al enfermero…
Si bien hubiera preferido tener a mi bebé todo el tiempo a mi lado, debo reconocer que esos cuatro días fueron como un especie de curso acelerado a la maternidad. Había muchos enfermeras/os dando vuelta y asistiéndome. Me enseñaron a sostenerlo, a cambiarlo, a limpiarle el ombligo, etc. Y como yo seguia con la certeza de que Abel estaba muy bien , y que sus días en “cuidados…” respondían más a una necesidad de la clínica que a su estado de salud, pude hasta disfrutar de nuestro período de adapatación.
Hace dias estamos en casa… aprendiendo, disfrutándonos, amándonos.
Estar embarazada te hace sentir especial, y ser mamá supera ampliamente la sensación de superioridad.
Miro a mi bebé y no puedo creer haber hecho algo tan perfecto, tan hermoso. Miro a su papá y no puedo creer haber sido doblemente bendecida.
¿Tan bien hice las cosas para merecer tanta pero tanta, tanta felicidad?
Escrito por jessivalls